viernes, 3 de diciembre de 2010



La teoría posmoderna nos enseña que la persona no lo es, o sea que no hay ninguna esencia ni unidad fundamental de la persona. Según la versión más benévola de este modo de pensar, los seres humanos nos autoconstruimos continuamente mediante lo que decimos y lo que hacemos según las situaciones en que nos encontramos. Así que hay una multiplicidad de posibles construcciones, de acuerdo con los contextos cambiantes que habitamos. No sólo no tenemos esencia fija; es que somos un compuesto inestable de fragmentos de discursos incompatibles. Esta fragmentación de la persona está ya explícita en la conocida división hecha por Freud de la psique humana, primero en consciente e inconsciente, y dentro de la parte inconsciente en el ello, el yo y el superyo. De modo que la característica más fundamental de la personalidad humana no es su unidad, sino su carácter fragmentario e inconexo. En la versión más radical del teorizar posmoderno, resulta que no somos sino el sitio donde convergen varios discursos impuestos por los demás. O nos construimos, partiendo de una radical mala concepción de quiénes y cómo somos, algo afín a la ilusión que Marx llamaba “conciencia falsa” y Lacan “lo imaginario,” o nos construyen desde fuera. En todo caso, resulta imposible ya sostener la idea de un ser fijo, esencial y unitario. Todos somos siempre una construcción.
Los pensadores en cuyos escritos nos hemos formado muchos de mi generación también sostenían que el llamado ser humano no lo es, y que carece tanto de una esencia dada de antemano como de una unidad fundamental. En el conocido ejemplo de Sartre, una piedra tiene esencia. Lo que el hombre tiene en vez de una esencia, afirma Ortega, es una historia. Nuestra historia personal consiste en la acumulación de actos de voluntad, de elegir entre las posibilidades que la vida ofrece. A lo largo de la vida, esta acumulación de actos de elección llega a constituir la autoconstrucción de una persona. La persona es el resultado de este continuo escoger, que el Concilio de Trento llamaba “libre albedrío” y que Sartre llama “libertad” a secas. La persona es quien ha llegado a ser. Lo que pasa es que el proceso nunca termina, y la noción de libertad implica que uno es libre en todo momento para abandonar sus preferencias habituales, para no conformarse con las decisiones ya tomadas, etc. Carlos Castilla del Pino nos recuerda a propósito que “nadie es libre para hacer cualquier cosa. Cada uno es libre para hacer ‘determinadas’ cosas, aquellas que su realidad suscita.”


En la crítica literaria mantenemos una distinción entre persona y personaje, al hablar de personas reales, de carne y hueso como nosotros, y de personajes literarios, entes de ficción que no son sino palabras sobre papel convertidas en imágenes mentales. La persona pertenece a la realidad, mientras que el personaje sólo existe dentro de la ficción. La misma distinción también resulta útil en el campo de lo real. Para Marx entre otros, persona es la realidad íntima, la totalidad del ser auténtico, lo que se esconde detrás del personaje, que es una imagen ficticia que el mundo nos impone o que inventamos y ofrecemos al mundo. Así que quedamos con dos categorías complementarias: la construcción de un personaje para consumo de los demás, frente a la revelación de una auténtica intimidad preexistente que es la persona. Un dentro que se opone a un fuera.

Concluimos, pues, que la distinción entre persona y personaje es ilusoria. Parece que no hay sino construcciones mentales, tanto de nosotros mismos como de los demás, sean entes de carne y hueso o de ficción. Esto, a fin de cuentas, es lo que significa conocer a una persona, o a un personaje: construir una imagen mental de él a base de los datos de que disponemos, que son lo que podemos observar desde fuera y cotejar mentalmente con nuestros conocimientos preexistentes, nuestra experiencia, y con nuestros propios deseos. Norman N. Holland observa que “perception is a constructive act in which we impose schemata from our minds on the data of our senses,” y Baruch Hochman afirma “the full congruity between the way we perceive people in literature and the way we perceive them in life.”3 Si los personajes literarios son como las personas, como pedía Aristóteles, llegamos a conocer a los personajes de ficción mediante las mismas operaciones y a través de los mismos conocimientos preexistentes que a las personas reales. En este contexto Tzvetan Todorov hace notar que “there does not seem to be a big difference between construction based on a literary text and construction based on a referential but nonliterary text . . . . The construction of characters from nonliterary material is analogous to the reader's construction from the text of a novel. ‘Fiction’ is not constructed any differently from reality.”4

La construcción del personaje en Cervantes, Carroll Johnson.

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